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FEMINISMO Y MULTICULTURALISMO
CELIA AMORÓS
1. Ilustración, feminismo, anticolonialismo.
La historiadora tunecina Sophie Bessis ha escrito un libro, Occidente y los
Otros. Historia de una supremacía1, en el que lleva a cabo una implacable crítica de la
civilización occidental. Insiste en sus recurrentes incongruencias entre los valores
universales y los principios abstractos que proclama desde la Ilustración y las prácticas
colonialistas que ha ejercido y que, bajo otros ropajes, sigue ejerciendo. Sin embargo,
en la Introducción se plantea esta pregunta: “la intrusión de Occidente en el universo de
mis antepasados, ¿no me liberó de la tiranía protectora del grupo y me dio los atributos
del individuo más o menos libre que soy? Su modernidad ¿no libró a la humanidad de
los caprichos del destino para hacerla entrar en la era de las libertades posibles? Ya que
no podemos saber qué otras vías podrían haber existido, podemos atribuirle dichas
revoluciones”. Bien. Tenemos un excelente punto de partida para aceptar sus críticas.
Porque, tal como ella lo plantea, la crítica anticolonialista y la crítica feminista a la
Ilustración comparten importantes y significativos tramos. Por una parte, y vuelvo a
citar a Sophie Bessis, “la infatigable capacidad de Occidente para separar el decir del
hacer hizo que durante mucho tiempo su modernidad fuera a la vez incomprensible e
ilegítima para los que designa como “los otros” ”. Por otra, como lo afirma Cristina
Molina Petit en su libro Dialéctica feminista de la Ilustración2, la Ilustración “no cumple
sus promesas (universalizadoras y emancipatorias) y la mujer queda fuera de ella como
aquel sector que las luces no quieren iluminar... Sin la Sofía doméstica y servil no
podría existir el Emilio libre y autónomo”. No obstante, nuestra autora estima que, en lo
que a la emancipación femenina concierne, “fuera de la Ilustración no hay más que el
llanto y el crujir de dientes”. Desde esta perspectiva, la crítica anticolonialista y la
crítica feminista vendrían a converger en tanto que asumidas como críticas inmanentes a
la incoherencia del discurso ilustrado.
No lo harán, desde luego, declarando que la universalidad, a fin de cuentas, no
sería sino un flatus vocis, una nueva emisión de la voz que no significaría nada, sino
denunciando, tanto el androcentrismo como el etnocentrismo, como dos modalidades
distintas, que no meramente superpuestas, de lo que Seyla Benhabib ha llamado
1 Sophie Bessis, Occidente y los Otros. Historia de una supremacía, Madrid, Alianza, 2002.
2 Cristina Molina Petit, Dialéctica feminista de la Ilustración, Barcelona, Anthropos, 1994.
2
“universalidad sustitutoria3”. Nuestra autora hace referencia aquí a la maniobra
fraudulenta por la cual “una particularidad no examinada” se propone a sí misma como
“lo universal”. Por nuestra parte, nos hemos referido al mismo fenómeno de usurpación
discursiva en nuestro análisis crítico de las abstracciones incoherentes de la Ilustración,
como “la ciudadanía”, que se formula en términos universalistas y se aplica luego en
términos restrictivos, excluyendo a las mujeres. En el caso del etnocentrismo, la
“universalidad sustitutoria” operaría en la medida en que la cultura occidental de la
supremacía, como lo entiende Bessis, se ha autoinstituído en lo universal, impostando y
ocultando de este modo su propia particularidad, para legitimar su dominio del mundo.
Dicho en román paladino, el etnocentrismo y el androcentrismo son universalidades
sesgadas, con “bichos dentro”, como cuando se convoca una plaza a concurso público y
se adecúa su perfil al muy singular de la nariz del candidato que quienes la convocan
quieren que salga. Solamente tendremos una universalidad que no sea ni impostada ni
impostora si estamos dispuestas a prestar una atención crítica permanente a “las
particularidades no examinadas”, a los “bichos dentro” que se nos cuelan
fraudulentamente a la hora de definir lo universal. Solamente en este proceso críticoreflexivo
será posible la construcción de un “universalismo interactivo”, de nuevo en
expresión de la judía estadounidense Seyla Benhabib, o, como lo quiere la tunecina
Bessis, “de universales que hagan honor a su nombre de una vez por todas.”
2. Acerca de incómodos acomodos discursivos: ¿pensar el feminismo desde el
multiculturalismo?
En el ámbito del pensamiento multiculturalista, que comparte algunos de los
presupuestos con el comunitarismo representado paradigmática mente por C. Taylor4 se
ha dedicado cierta atención al problema de las mujeres. Pero, al ignorar todo o casi todo
acerca de la tradición de sus luchas y de su pensamiento, el vacío se suple con la inercia
conceptual. El multiculturalismo, al menos en Estados Unidos, privilegia el modelo de
etnia como el paradigma más adecuado para pensar las peculiaridades de los distintos
grupos que piden un reconocimiento para su identidad en tanto que tales. Es aquí
precisamente donde entra en juego la inercia conceptual por la cual el colectivo
femenino se verá alineado en la retahíla de los grupos-sujetos de las políticas de
3 Nos hemos referido a este concepto en la Introducción.
4 Y Mc Intire. Cfr. Amelia Valcárcel.
3
identidad-reconocimiento, por lo que no es de extrañar que aparezca junto con los
chicanos, los afroamericanos, los gays y las lesbianas, los minusválidos, etc. En el
debate entre Nancy Fraser e Iris Young acerca de cómo se debería articular el
paradigma de la redistribución con las políticas del reconocimiento, la autora de Iustitia
interrupta critica a la autora de La justicia y la política de la diferencia por su
escoramiento en última instancia hacia el modelo culturalista. En consonancia con este
escoramiento, no es de extrañar que Iris Young se haya referido a un “ginocentrismo”
por contraposición a la tradición del “feminismo humanista”, según nuestra autora,
“ciego a las diferencias5”. El “ginocentrismo” youngiano, pese a ser un análisis más
matizado y plantear una propuesta más compleja, no deja de tener resonancias que lo
vuelven afín al “afrocentrismo” o al “genioasiático”, concebidos como ámbitos
culturales autorreferidos e inconmensurables por parte del multiculturalismo más
radical6. Así pues, en el conspecto del multiculturalismo, las mujeres se caracterizan en
tanto que constituirían una cultura específica. Lo cual no deja de plantear serios
problemas. Desde la filosofía decimonónica, que tiene como su referente polémico
silenciado al movimiento sufragista, G. Simmel nos adjudicó a las mujeres una “cultura
subjetiva”, en el sentido de idiosincrática, versus la cultura objetiva, con sus
connotaciones neutras y universalistas, característica de los varones. Sospechoso ¿no?-
desde el punto de vista antropológico, como lo expuso magistralmente Virginia
Maquieira7, existe por parte de ambos sexos “una diferente incorporación de registros
culturales que genera trayectorias y prácticas sociales diferenciadas, pero no dos
culturas”. Justamente, como lo veremos, a las mujeres se nos asigna custodiar el
depósito y velar por la reproducción de los núcleos simbólicos más caros a las culturas,
lejos de que podamos constituir una cultura aparte. Podría hablarse con cierto sentido de
subcultura femenina, pero entonces se trata de algo distinto.
En cuanto a la consideración del grupo de las féminas como sujeto de una
política de la identidad que demanda reconocimiento, Susan Wolf ha visto con lucidez
que “la cuestión de saber hasta qué punto y en qué sentido se desea ser reconocida como
mujer es, en sí misma, objeto de profundas controversias. Pues resulta que las mujeres
han sido reconocidas como mujeres en cierto sentido en realidad, como “nada más que
5 Véase la excelente exposición de María Xosé Agra en “Multiculturalismo, justicia y género” en Celia
Amorós (ed), Feminismo y filosofía, Madrid, Síntesis, 2000, p. 159.
6 Cfr. Sophie Bessis, Occidente y los otros, Madrid, Alianza, 2002.
7 Conferencia “Feminismo y culturalismo” pronunciada por Virginia Maquieira en el Ilustre Colegio de
Licenciados y Doctores de Madrid en noviembre de 2002.
4
mujeres” durante demasiado tiempo, y la cuestión de cómo dejar atrás este tipo
específico y deformante de reconocimiento es problemática en parte porque no hay una
herencia cultural clara o claramente deseable que permita redefinir y reinterpretar lo
que es tener una identidad de mujer8”.
En suma, podemos concluir que los planteamientos comunitaristas y
multiculturalistas tienen serias limitaciones, cuando no ven pura y llanamente à contre
sense, para asumir las demandas feministas de las mujeres. Tendrá más sentido, sin
duda, pensar el multiculturalismo desde el feminismo como lo hace, por ejemplo, Nancy
Fraser. Nuestra teórica parte de la existencia de diferentes diferencias, criticando la
celebración empírica de éstas per se sin contrastarlas con criterio normativo alguno.
Propone, pues, en consecuencia con este planteamiento, lo que ella llama un
“multiculturalismo crítico”. Es consciente de que “el multiculturalismo complica el
proyecto feminista en el marco de una teoría crítica del reconocimiento” y entiende que
esta versión del multiculturalismo estaría a la altura de los problemas que se derivan de
esta complicación. Por nuestra parte, insistiríamos también y sobre todo en que “el
feminismo complica el proyecto multiculturalista” y es el multiculturalismo el que
tendrá que hacerse cargo de esta complicación. En realidad, el “multiculturalismo
crítico” convalida el multiculturalismo tout court en la medida en que las diferencias,
que son un hecho, se dejan contrastar con la igualdad como piedra de toque: las
diferencias son diferentes según generen o no desigualdades y subordinaciones
ilegítimas. Ahora bien, en la medida en que la idea de igualdad es un criterio normativo
procedente de la tradición ilustrada, preferimos al “multiculturalismo crítico” de Fraser
la denominación “multiculturalidad ilustrada”. Volveremos sobre ello.
3. El multiculturalismo y el concepto de cultura.
Al llegar a este punto de inflexión en nuestro discurso, nos encontramos
inevitablemente con la problemática planteada por la multiculturalidad y el
multiculturalismo. Me veo obligada a abordarla aquí de una manera muy sumaria. En
primer lugar, haré una precisión terminológica. Emplearé “multiculturalidad” para
designar el hecho sociohistórico, incrementado en la era de la globalización, de la
8 María Xosé Agra, loc. cit. Cfr. también Amelia Valcárcel, “El genio de las mujeres” en Celia Amorós
(ed) Ética y Feminismo , Isegoría . Revista del Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones
Científicas, nº 6, Madrid, nov. 1992.
5
coexistencia de diversas culturas en los mismos ámbitos geográficos. Cuando use el
término “multiculturalismo” haré referencia a una tesis normativa acerca de cómo deben
coexistir las diferentes culturas, lo que sin duda tiene importantes implicaciones en lo
que concierne a cómo debe gestionarse políticamente el hecho de la multiculturalidad.
Pues bien, el multiculturalismo pretende que cada cultura es un bloque monolítico, una
totalidad autorreferida, homogénea y estática. Habría así una inconmensurabilidad
radical entre los parámetros propios de las distintas culturas. No sería posible ni
legítimo, de este modo, interpretar las diversas prácticas que se ejercen en el seno de
cada cultura sino exclusivamente en función de los referentes de sentido de la cultura en
cuestión. Dicho de otra forma, habría un “monismo hermenéutico del significado”, que
sólo podría ser descifrado por quienes comparten el marco simbólico propio de cada
totalidad cultural. No puedo entrar aquí en un debate pormenorizado de las asunciones
normativas desde las cuales se elabora esta concepción de la cultura ni del relativismo
cultural radical que de ellas se deriva9. Me limitaré a señalar que, desde un punto de
vista empírico, esta concepción de la cultura no se sostiene. Podemos tener alguna duda
sobre si se ajusta más o menos a la descripción de lo que habrían podido ser las culturas
en un pasado más o menos remoto. Pero, desde luego, no es en absoluto adecuada para
pensar las dinámicas culturales en el mundo de la globalización. Las culturas no son ni
estáticas ni homogéneas, ni, mucho menos, totalidades autorreferidas. Tan importantes
como los supuestos compartidos son en ellas los conflictos, las tensiones, los desajustes,
desgarramientos, disensos y, desde luego, el fenómeno del cambio cultural. En la era del
cyberislam, por tomar la caracterización de Fátima Mernissi de la cultura musulmana en
el universo de Internet, con antenas parabólicas en las mezquitas, no se puede hablar de
las culturas como de entidades monolíticas y prerreflexivas. Se producen
constantemente hibridaciones, préstamos, apropiaciones selectivas de ciertos elementos
de las culturas tanto hegemónicas como no hegemónicas junto con rechazos selectivos
de otros. Nunca tiene lugar ni la total asimilación ni la total destrucción de una cultura
por otra: también las culturas hegemónicas son siempre en alguna medida penetradas
por las que no lo son. Los seres humanos no se limitan a ser agentes de la reproducción
sociocultural: lo son también de la revisión de los códigos culturales. Como lo recordó
en una conferencia sobre “Feminismo y multiculturalismo” la antropóloga Virginia
Maquieira, el concepto de “cultura” surgió teniendo como su referente polémico el
9 Mucho menos en una discusión detallada de las distintas teorías antropológicas y filosóficas que se han
elaborado acerca de las culturas.
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determinismo biológico y racial. Pero, tal como fue modulado por el multiculturalismo,
nos hizo pasar, paradójicamente, del determinismo biológico al determinismo cultural.
Ahora bien, en definitiva, la cultura no es sino el comportamiento común aprendido de
la especie. Este comportamiento común no se limita al aprendizaje de un repertorio fijo,
estable y homogéneo de pautas referidas a formas complejas de acción y de
pensamiento: las culturas están en un proceso permanente de construcción y
reconstrucción. No se puede, como muchas veces lo ha hecho la antropología cultural
estadounidense, no tener en cuenta la articulación de la cultura y la economía política: la
estratificación social, las desigualdades y las relaciones de poder no se reducen a meros
rasgos culturales. El multiculturalismo, al postular el desarrollo por separado de las
culturas, sirvió para justificar el apartheid sudafricano. Por mi parte encontré, en un
reportaje publicado por El País, esta perla polinésica: son las declaraciones de la esposa
de un importante líder de los boers:
“En la Biblia está la torre de Babel que, como dice Dios, es una visión de cómo no
debe ser el mundo. Dios dice que las personas deben vivir entre los suyos. En este
sentido... el Demonio es la síntesis y Dios es la antítesis. El Demonio quiere obligar
a los seres humanos a vivir juntos, y Dios los separa. Ese es el plan de Dios para la
humanidad... Por ejemplo, fíjese en los japoneses, qué bien se les da fabricar
ordenadores. Fíjese en los bosquimanos de Kalahari, qué bien matan impalas. No
me diga que Dios quiso que japoneses y bosquimanos viviesen juntos...”
En este fundamentalismo multiculturalista, por una curiosa vuelta de tuerca, nos
encontramos de nuevo con el racismo que el propio concepto de cultura venía a
deslegitimar desde la antropología como disciplina académica.
En el ámbito continental de esta disciplina, el estructuralismo antropológico de
Claude Lévi-Strauss ha mantenido la concepción según la cual las lógicas culturales
tienen una inteligibilidad inmanente que debemos reconstruir desde una perspectiva
sincrónica. Se toma aquí como modelo metodológico la lengua, entendida more
saussureano como un sistema en el que “tout se tient”. Los sujetos, desde el enfoque
estructuralista, propiamente no hablan, “son hablados”. “La lengua tiene razones que la
razón no comprende”, afirma Lévi-Strauss, parafraseando a Pascal. Y, por analogía,
también las culturas tendrían razones que escapan por principio a la razón de los seres
humanos que están inmersos en ellas. Se privilegia así sistemáticamente la sincronía
sobre la diacronía, es decir, la coherencia de las interrelaciones entre los elementos
simbólicos de las culturas sobre la historia. Del mismo modo el inconsciente,
7
“estructurado como un lenguaje”, como lo formulará el estructuralismo psicoanalítico
de Lacan, prima totalmente sobre la conciencia, sobre cualquier forma de acción
intencional. Sin embargo, nuestro antropólogo, a la hora de interpretar cómo funcionan
de hecho estos modelos presuntamente cristalinos, no tiene más remedio que hacer
concesiones a los tempus, a la historia.
“Toda cultura, nos dice en la “Introducción a la obra de Marcel Mauss10”, puede
ser considerada como un conjunto de sistemas simbólicos en el primer rango de
los cuales se sitúan el lenguaje, las reglas matrimoniales, las relaciones
económicas, el arte, la ciencia, la religión. Todos estos sistemas tratan de
expresar determinados aspectos de la realidad física y de la realidad social; es
más, las relaciones que estos dos tipos de realidad mantienen entre sí y que los
propios sistemas simbólicos establecen los unos con respecto a los otros. El que
no lo consigan de una forma totalmente satisfactoria y, sobre todo, equivalente,
es en primer lugar resultado de las condiciones de funcionamiento propias de
cada sistema, además de que la historia coloca en estos sistemas elementos
extraños, al mismo tiempo que produce transplantes de una sociedad a otra y
diferencias de ritmo de evolución en cada sistema particular.”
No puede hablarse, pues, en rigor, de las culturas como totalidades autorreferidas:
“La sociedad está siempre determinada por dos elementos, tiempo y espacio, y,
por lo tanto, está sometida a la incidencia de otras sociedades, así como a sus
propios estados anteriores de desarrollo; teniendo además en cuenta que incluso
en una sociedad teórica que se imagine sin relación con las demás y sin
dependencia con respecto a su propio pasado, los diferentes sistemas de
símbolos que constituyen su cultura o civilización serían irreductibles los unos a
los otros.”
Con todo, el autor de Las estructuras elementales del parentesco considera que la
interrelación entre las culturas no es precisamente una buena cosa. “Debemos llorar ante
el hecho de que haya historia”, escribió en una ocasión. Y en otra, cuando se propuso a
Marguerite Yourcenar como candidata a la Academia Francesa de la Lengua, manifestó
su oposición sentenciando “No se discuten las reglas de la tribu”. Sin duda, se le habría
podido argumentar que, en nuestra tribu, después de la Ilustración, se discuten las reglas
de la tribu. En buena medida, la Ilustración europea fue un gran debate acerca de estas
10 Claude Lévi-Strauss, “Introducción a la obra de Marcel Mauss” , en Marcel Mauss, “Sobre los dones y
sobre la obligación de hacer regalos” en Sociología y antropología, Madrid, Tecnos
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reglas, que fueron así puestas en cuestión. Luego, en realidad, al afirmar que “no se
discuten las reglas de la tribu” él está, de hecho, discutiéndolas y contradiciéndose de
este modo.
4. El sesgo de género de la “identidad cultural”.
Sin embargo, aquí debemos recordar que no todos los ilustrados querían en igual
medida que se discutieran las reglas de la tribu. Muchos eran partidarios de que se
discutieran unas sí y otras no. El debate debería interrumpirse precisamente ante un
núcleo simbólico duro en el conjunto de estas reglas: las que se referían al estatuto de
las mujeres. En el universo emergente de los individuos iguales, las mujeres debían
seguir siendo “las idénticas”. Recordemos cómo, en el caso de la ciudadanía, se
mantenía para ellas el estatuto adscriptivo que se había eliminado, en la deriva jacobina,
para todos los varones. Ser ciudadano, al menos en la lógica jacobina, se solapaba con
ser individuo. Por definición, para Rousseau, el ciudadano “no nace, se hace”, por
parafrasear a Simone de Beauvoir. Sólo en la medida en que el ciudadano es individuo
no es sospechoso como ciudadano, como sujeto de “la voluntad general”. Individuo es
aquél que se ha emancipado de las identidades adscriptivas de l´Ancien Régime, que
eran identidades facciosas, incapaces de constituir ni de obedecer “la voluntad general”.
En esta misma medida, nada se interpone entre el individuo-ciudadano y el Estado, “la
voluntad general”, de tal modo que, al obedecerla, él no obedece sino la ley que se ha
dado a sí mismo. Transpuesto en clave ética, tendríamos aquí al individuo autónomo,
desvinculado de cualquier constricción que no proceda de sí mismo. Las mujeres, sin
embargo, son readscritas a la identidad, que se concreta ahora en una feminidad
normativa de nuevo cuño. Los varones conectan directamente con lo universal en la
medida misma en que son autónomos; las mujeres son condenadas a la heteronomía
moral11, a un estatuto precívico por estar adscritas a una identidad que, a título de tal, no
puede ser sino prerreflexiva y facciosa, orientada a la particularidad. Rousseau destinó a
Sofía, y con ella a todas las mujeres – pues son “las idénticas”, las que no tienen
propiamente principio de individuación-, a ser “el asidero natural” de la cultura cívica
republicana que los Emilios instituyen. Hegel, por su parte, elaboró esta misma figura
de lo femenino en su interpretación de Antígona, la heroína de Sófocles, tal como la
expone en su Fenomenología del Espíritu12. Creonte, de acuerdo con Hegel, obedece la
11 Cfr. Mary Wollstonecraft, se refiere al uso de la razón “de segunda mano” en su Vindicación de los
derechos de la mujer, Edición de Isabel Burdiel, Cátedra, Colección Feminismos, 1996.
12 G. W. F. Hegel, Fenomenología del espíritu, México D.F., Fondo de Cultura Económica, 1966.
BB.VI.A.a.
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ley escrita decretada por él mismo, hecha pública en la polis; Antígona, por el contrario,
al enterrar a su hermano Polinice transgrediendo esa ley, no hace sino someterse a “la
ley de las sombras”, a la ley ancestral de su pueblo, ley no escrita ni publicada pero no
por ello menos constrictiva. Constrictiva para Antígona, a la que Hegel le hace encarnar
“la esencia de lo femenino13”. A ella le corresponde el ámbito de la Sittlichkeit, de todo
ese conjunto de costumbres que constituyen el bagaje normativo irreflexivo, no
tematizado ni argumentado, de un pueblo. Antígona está adscrita, como lo diría Lévi-
Strauss, a aquellas reglas de la tribu que no se discuten; es más, que no se deben
discutir. Como lo dirían nuestros multiculturalistas, son el patrimonio constitutivo de “la
identidad cultural”. Habría, de este modo, acuerdos transculturales y transhistóricos
entre los varones – desde los islamistas a nuestros filósofos, como Rousseau y Hegel,
así como nuestros antropólogos, como Lévi-Strauss- en lo concerniente a este aspecto
de la Sittlichkeit, a la deseabilidad de que se conserven determinadas reglas de la tribu.
La “identidad cultural” es un patrimonio precioso que hay que mantener a cualquier
precio. Desde luego, al precio de asignar a las mujeres el deber de la identidad, mientras
los varones se reservan el derecho a la subjetividad. La muchacha Fátima ha de llevar
velo a la escuela; su padre, Alí, que bien se podría haber llamado Manolo, viste camisa
y blue jeans: tiene un amplio margen de discrecionalidad en el manejo, siempre
selectivo y discriminado por géneros, de los referentes de identidad. El jeque árabe
saudí usa la tarjeta American Express que, al parecer, se remonta al Islam más genuino;
ella ha de aparecer embutida en su chador.
Hasta aquí, todos mis ejemplos están tomados del Islam. Pero también podemos
encontrar fenómenos significativos en esta línea en Europa. Me viene a la memoria la
ceremonia de los Oscar de hace dos años. En la UE se homologan cada vez más las
pautas del gusto en el vestir, como tantas otras cosas. Pero nuestra Penélope Cruz lucía
como todo un símbolo de pureza racial al lado de Juliette Binoche, con su impecable
arreglo a lo Coco Chanel. En muchos restaurantes de América Latina las camareras
sirven las mesas ataviadas con los trajes típicos de sus países, en contraste con los
varones cuyo atuendo no connota marcas de pertenencia a los mismos.
5. Una sobrecarga de identidad.
13 Cfr. Celia Amorós, Crítica de la razón patriarcal, Barcelona, Anthropos, 1985, II-7.
10
La identidad femenina, pues, se muestra como una identidad muy sufrida. “En
los esfuerzos conflictivos de Irán por construir las modernidades nacionales,
revolucionarias e islámicas, afirma Zorah Sullivan, la figura de “la mujer” ha sido
constituida (sucesivamente) como el signo sobredeterminado de una totalidad
esencializada, como una metáfora para una nación sitiada, un “yo” en orden de batallas,
una interioridad delicada, el otro incontrolable, la “perla no perforada” que comprar o
proteger o el interior sagrado” Según Farnazeh Milani, las mujeres dominan la
imaginería cultural, convirtiéndose en emblemas de la identidad nacional: “Despojadas
del velo a la fuerza (como se hizo en la era Pahlevi) personifican la modernización de la
nación. Veladas por obligación (por el ayatolá Jomeini), encarnan la reinstitución del
orden islámico.” No nos puede extrañar, pues, que, como lo afirma la filósofa feminista
francesa Michèle le Doeuff, las mujeres tengamos “sobrecarga de identidad”. En
contraste, podríamos decir, los varones heterodesignadores se autocomprenden como
favorecidos por una infracarga de identidad: en el límite, como Rousseau lo teorizó,
serían subjetividad pura. La masculinidad – blanca - se solapa de este modo con una
especie de neutralidad identitaria: es la identidad canónica, por así decirlo. A su vez, la
identidad canónica que se asume como tal resulta coincidir con lo genéricamente
humano. Si toda identidad es en alguna medida idiosincrática, la identidad masculina,
en tanto que identidad canónica, es una no identidad, es decir, la subjetividad por
antonomasia.
En la medida en que de ordinario la palabra “identidad” se usa como sinónimo
de “subjetividad”, asumimos que el uso que hacemos aquí de ambos términos es en
alguna medida estipulativo. “La libertad, decía Jean Paul Sartre en Saint Genet, es lo
que nosotros hacemos de lo que han hecho de nosotros”. La identidad tiene mucho que
ver con “lo que han hecho de nosotros”: connota pasado, determinación adscriptiva. La
subjetividad, que tiene que ver con la libertad, con lo que hacemos de aquéllo que nos
ha venido dado, connota futuro, proyecto, elección. A las mujeres se nos asigna el deber
de la identidad, el ser las depositarias de los bagajes simbólicos de las tradiciones. Los
varones se autoconceden el derecho a la subjetividad, que les da siempre un margen
discrecional de maniobra para administrar, seleccionar y redefinir tales bagajes. Como
lo dice la feminista deleuziana Rosi Braidotti, “la identidad es retrospectiva, describe
los lugares en que hemos estado pero no estamos ya”. Pues bien: a las mujeres se les
prescribe estar siempre en los mismos lugares. Aunque se feminicen cada vez más los
flujos migratorios, aunque transiten constantemente las fronteras, han de llevarlas
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inscritas en ellas mismas, han de ser la marca de las fronteras étnicas. Se les pide que
sean, a la vez, pájaros y caracoles. Como “fósiles vivientes”, en expresión de Marcela
Lagarde, viajan con la frontera puesta: las musulmanas, tapadas con sus velos,
desplazan con ellas mismas los muros de sus casas, la asignación estructural al espacio
privado de que se las hace objeto. Mientras ellas mantengan los atuendos prescritos, aun
resignificándolos de mil maneras, los desterritorializados por los flujos de la
globalización, vestidos de Manolos, no se sentirán “lejos de sí mismos.”
Sin embargo, la identidad, hoy menos que nunca se puede llevar como adherida
a la piel, de un modo inocente: “Quien teme perder su identidad ya la ha perdido”,
afirma Raimundo Paniker. Y lo dijo Adorno: “La patria del hombre es haberse ido”...
Todas las identidades están en cuestión en la interpelación intercultural, según la
expresión de Fernando Quesada, que se da de hecho y que, si se respetan las reglas de la
simetría y la reciprocidad, es legítima de derecho. Por esta razón y muchas otras, hay
que poner en cuestión los subtextos de género respectivos de la identidad cultural y de
la subjetividad, virtualmente universalista. Si se ha puesto en cuestión la división del
trabajo en función del sexo, con mayor razón habrá que someter a crítica y transformar
la distribución generizada de ese trabajo básico que nos hace ser. Porque, más allá de
los estereotipos y de los iconos, todos y todas tenemos en alguna medida y, sin duda,
deberíamos tener tanto referentes de identidad como dimensiones de subjetividad. Sin
raíces, desde luego, nos secamos. Pero, demasiado apegados a nuestras raíces, no
crecemos. Las identidades ni son ni deben ser costras: están atravesadas por
mediaciones crítico-reflexivas que deben producir permanentemente apropiaciones y
rechazos selectivos. Y las subjetividades no son ingrávidas: han de resignificar y,
aunque la palabra ya no esté de moda, transcender constantemente los muchos estratos
simbólicos que tenemos en depósito y sólo a partir de los cuales podemos generar
significados futuros. Parafraseando a Kant, podríamos decir que identidad sin
subjetividad es ciega y subjetividad sin identidad es vacía. Hace falta, pues, reconstruir
tanto la subjetividad como la identidad para constituirnos, tanto varones como mujeres,
en sujetos verosímiles.
6. “No se discuten las reglas de la tribu”.
Hemos podido ver que el multiculturalismo se basa en un concepto reificado de
cultura, inadecuado normativamente e insostenible empíricamente; por otra parte,
hemos intentado poner de manifiesto que aquéllo que nos presenta como las sacrosantas
“identidades culturales” tiene un subtexto de género en el que muchas veces no se
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repara. En un mundo multicultural de interrelaciones y contrastaciones, como lo dice
Albrecht Wellmer, “nadie es inocente”, nadie puede pretender de buena fe instalarse –
ni instalar a alguien- en identidades totalmente prerreflexivas. Tanto las culturas como
las identidades culturales están de hecho sometidas a lo que Fernando Quesada llama la
“interpelación intercultural”. De hecho, toda cultura se ve en la necesidad, más tarde o
más temprano, de dar razón de sus prácticas en términos que puedan ser traducidos a los
referentes de otras culturas. Esta permanente interpelación genera, velis nolis, efectos de
reflexividad. Nos volvemos conscientes de nuestra peculiaridad al cepillarnos los
dientes con un dentífrico cuando lo hacemos ante la mirada extrañada de los mauritanos,
que cumplen el mismo rito higiénico haciendo uso de los palitos de una planta
antiséptica. Así, como lo pide Kambartel, hay que generar, al lado de y por encima de
las especificidades de las culturas, una “cultura de razones”. ¿Acaso no se habla de una
“cultura de la tolerancia”?. En la línea de esta “cultura de razones” debería estar la
construcción de una “cultura feminista”.
La interpelación intercultural, sin duda, se da, y se ha dado siempre, de hecho.
Ahora bien ¿es legítima de derecho? Entendemos que habría que poner aquí una
cláusula restrictiva: es legítima siempre y cuando exista una simetría entre los que
interpelan y los que son interpelados. Dicho de otro modo, esta interpelación no debería
ser atendida si se produce siempre en la misma dirección; en román paladino: donde las
dan, las toman. Así, las feministas deberíamos poner en cuestión todas las reglas de
todas las tribus. Incluida la nuestra, por supuesto. Ya lo hemos hecho: hemos ilustrado a
nuestra Ilustración en sus puntos ciegos con respecto a las mujeres.
El multiculturalismo, en lo concerniente a la relación entre las culturas, propone
estrategias timoratas que se podrían enunciar así: no tires piedras contra el tejado ajeno
cuando el tuyo es de vidrio. Las feministas deberíamos proponer una estrategia distinta,
una estrategia, no ya de mínimo común divisor sino de máximo común múltiplo. No se
trataría de acotar ámbitos sacrosantos y definirlos de una vez por todas como lo que
debe ser objeto de tolerancia por parte de ellos/ellas para ofrecer a cambio la nuestra
para lo que ellos definan como su tabla de mínimos. Ya sabemos en qué van a consistir
estos mínimos: las mujeres funcionarán, una vez más, como “marcadoras de límites” y
se considerará que los límites así estipulados no son negociables. Nosotras, por nuestra
parte, deberíamos promover y alentar “la interpelación intercultural en todas las
direcciones”. No debería haber pactos como el que se podría formular en estos términos:
“no os metáis con el velo de las musulmanas y nosotras no lo haremos con vuestras
13
curiosas modalidades de “harén occidental” – la talla 38, según Mernissi14-. Al
contrario: debemos criticar el velo de las musulmanas y, a la recíproca, dejar que ellas
destapen todas nuestras zonas de vulnerabilidad, todas las incoherencias que sufrimos y
de las que, en alguna medida, somos o hemos sido cómplices. Velo no, vale. Pero
tampoco tacones de aguja: no se puede sentir empowerment cuando se toca tierra de una
manera tan precaria: es nuestra versión de los pies vendados de las chinas. Dejémosles
que nos lo digan por si no habíamos reparado en ello: no siempre se tiene la deseable
distancia ante las propias prácticas. El efecto de reflexividad que se deriva de estas
contrastaciones es un efecto multiplicador: mi nivel de reflexividad es potenciado así
por el nivel de reflexividad que ha inducido en mí la otra. Y a la recíproca: el nivel de
reflexividad de la otra crece en función de las interpelaciones de las que le he hecho
objeto. No se trata de lograr un consenso sino de discutir permanentemente. Cuanto más
debate público haya en relación con estas cuestiones, tanto mejor. Hay que visibilizar y
discutir “la sobrecarga de identidad de las mujeres”. Así, echamos piedras al tejado
ajeno precisamente porque somos conscientes de que el nuestro es de vidrio.
Justamente: tenemos por doquier techos de cristal. Marisa García de Cortázar y Toña
García de León han estudiado muy bien cómo operan estos techos invisibles en las
académicas, en las profesionales del periodismo; se refieren a ellas como “élites
discriminadas15”; Amelia Valcárcel, en las políticas16. Repitámoslo: hay que discutir
todas las reglas de todas las tribus. Están puestas a debate, de hecho, y deben estarlo, de
derecho.
La interpelación intercultural se complica con la cuestión de las
heterodesignaciones que llevan a cabo los varones. Ser mujer, dice Simone de Beauvoir,
es “una heterodesignación”: se construye lo femenino mediante un discurso por el cual
los varones nos adjudican lo que la “sobrecarga de identidad” a la que nos hemos
referido. Tenemos sobrecarga de identidad por heterodesignación, y, por eso mismo,
ellos tienen infracarga de identidad. Pues bien: cuando entre distintos grupos de varones
hay tensiones por el relevo del poder, entonces aparecen heterodesignaciones distintas.
Los varones dicen en determinadas situaciones “mujer es lo que tienen ellos17”. Otras
veces, en cambio, aseguran “mujer es lo que tenemos nosotros.” La afirmación “mujer
14 Fatema Mernissi, El harén occidental, Madrid, Espasa-Calpe, 2000.
15 Cfr. María Antonia García de León y María Luisa García de Cortázar (codirectoras), Las académicas,
Madrid, Instituto de la Mujer, 2001.
16 Cfr. Amelia Valcárcel, La política de las mujeres, Madrid, Cátedra, Colección Feminismos, 1997.
14
es lo que tenemos nosotros” o “lo que proponemos nosotros” aparece cuando hay un
grupo de varones emergente que está disputando el poder al grupo de varones que está
en una situación hegemónica: es lo que ocurrió en Europa en las primeras fases de la
lucha contra el Antiguo Régimen. Nancy Armstrong, en un libro muy interesante
titulado Deseo y ficción doméstica18 analiza las características de la primera fase en que
el grupo que aspira al relevo de poder – en este caso, las clases medias avant la lettrecritica
al grupo hegemónico – la aristocracia. Significativamente, lo hará en clave
culturalista: criticará por lo tanto las prácticas del grupo dominante, sobre todo sus
prácticas matrimoniales, así como todo lo que concierne a sus mujeres.
La novela de Richardson Pamela o la virtud recompensada está cargada de
dinamita contra los usos del Antiguo Régimen. Sin embargo, al presentarse como una
novela de amor en la que el aristócrata se enamora por fin de la doncella, esa carga
crítica aparece como desactivada, como inocua. Pero Armstrong pone de manifiesto que
conlleva una crítica política que se pondrá en evidencia sólo más tarde19. Así pues,
cuando se quiere saber si un grupo de varones está buscando un relevo de poder es útil
averiguar si está proponiendo un tipo de mujer diferente y criticando la existente. En
nuestro caso, se hace la crítica de la mujer aristócrata que circula, que se muestra en
público, que endosa a los hijos a las nodrizas y a tetas mercenarias en lugar de
encargarse ellas mismas del amamantamiento... Todas estas críticas al Antiguo Régimen
son recurrentes en la propuesta de una feminidad normativa, alternativa y polémica en
relación a la feminidad hegemónica: si la feminidad hegemónica es la aristócrata
denostada del Antiguo Régimen, la alternativa de mujer que se propone es la “mujer
doméstica”, que enlaza con lo que el protestantismo introdujo como “la esposa idónea”.
Es curioso que en el caso del Islam se vuelva a repetir –mutatis mutandis- la misma
historia: cuando aparecen una serie de discursos reformadores a finales del siglo XIX,
por ejemplo, en Egipto el de Kasim Amin – al que yo llamo “el Stuart Mill egipcio”
porque leyó a Stuart Mill y estuvo enormemente influido por él- nos encontramos con
que hace toda una crítica de los matrimonios concertados – institución implantada entre
los egipcios- así como de las prácticas de crianza de los niños, que estima totalmente
17 Cfr. Amelia Valcárcel, “Sobre el genio de las mujeres”, en Celia Amorós (coord.), Isegoría , nº6,
Revista de Filosofía Moral y Política, CSIC, Monográfico “Feminismo y ética”, noviembre, 1992.
18 Nancy Armstrong, Deseo y ficción doméstica. Una historia política de la novela, traducción de María
Coy, Madrid, Cátedra, Colección Feminismos, 1991.
19 Cfr. Como referencia a las fiestas de las Fallas de País Valenciano, del que provengo, compararé este
proceso con la secuencia del ritual fallero: primero, suena la banda de música – la crítica se lleva a cabo
15
inadecuadas: no siguen los deseables estándares de higiene porque a las mujeres no se
les da la adecuada educación. Hacen falta, por tanto, mujeres que sean verdaderamente
compañeras de sus maridos: el “argumento de la compañera”20 es muy característico de
Stuart Mill. Él quiere venderles el feminismo a los varones y lo hace enfatizando lo muy
estimulante de la calidad de una relación en donde la mujer es compañera en lugar de
esclava. Así, la propaganda de este tipo de mujer, compañera, mujer doméstica, criadora
científica de los hijos de acuerdo con determinados estándares de higiene, etc., es una
crítica a las prácticas de la aristocracia otomana que estaba entonces implantada en
Egipto.
En Turquía este fenómeno se produce también cuando llegan las reformas
modernizadoras que comienzan con los Jóvenes Turcos y luego llevan a Kemal Ataturk.
Nunca se empieza dando la batalla política de frente, sino a través de discursos
reformadores que suenan con los mismos acordes, con la misma música: no se podrá
reformar nuestra sociedad si no cambiamos la educación de las mujeres. En los
proyectos nacionalistas de los países tanto del Próximo Oriente como en los países
árabes e islámicos del Magreb aparece un fenómeno curioso y recurrente: estos
proyectos, en la medida en que quieren fortalecer al estado, propician la familia nuclear
frente a lo que eran las familias extensas y las grandes redes homosociales, es decir, las
familias tradicionales en estos países. En Egipto, por ejemplo, en las familias extensas
los referentes importantes tanto para las mujeres como para los varones eran los
miembros de su propio clan o de su propia familia, de sus propios parientes: los
matrimonios eran concertados y la familia no gravitaba sobre la relación de pareja, sino
sobre redes homosociales paralelas. Los referentes de socialización para las mujeres
eran las otras mujeres con las que llevaban una serie de actividades en común, y para los
varones lo eran los otros varones. De ese modo, en estas familias extensas se
concentraban poderes de linaje, de clan y de tribu muy fuertes. Los proyectos estatales
quieren, precisamente, debilitar el poder de estas redes familiares extensas y
homosociales y fomentar la familia nuclear: de ahí esos discursos de modernización.
Por otra parte, aparece el ideal de lo que sería el pendant en el Islam de lo que fue en
Europa “la esposa idónea”, creación de la Reforma protestante. No hay que olvidar que
en clave cultural-. Pero precede a la traca y a la pólvora: es decir, a la confrontación estrictamente
política.
20 Cfr. Ana de Miguel, “Deconstruyendo la ideología patriarcal. Un análisis de la “sujeción de la mujer” ”,
en Celia Amorós (coord..), Historia de la Teoría feminista, Madrid, Instituto de Investigaciones
16
fue la Reforma protestante la que dignificó el matrimonio. Luego lo recuperó el
catolicismo de la Contrarreforma, pero fue a través de la idea del “sacerdocio universal
de los verdaderos creyentes” como cada marido se autoinstituyó en intérprete de la
Biblia. Su mujer era la esposa devota asociada: se le concedió una cierta dignidad a la
pareja cuya cabeza era el varón. Esta nueva promoción de la dignidad de la esposa en el
seno de una unidad de devoción fue importante en Occidente: es significativo que el
movimiento sufragista fuera un movimiento característico de países protestantes y no de
países católicos21. Es como si esa dignificación religiosa, ese interiorizar los valores de
la religión en la propia conciencia luego se secularizara y llegara a ser traducida en
demandas de autonomía ética, participación política, de derechos civiles, etc.
Esta genealogía de la nueva mujer de los discursos reformadores: esposa idónea,
madre científica, pilar de la nueva nación, madre cívica nutricia de los nuevos
ciudadanos y luego, en una última figura, -que reconstruyó Betty Friedan- directora
gerente del hogar, a través de toda una serie de revistas se transmitió en los países
árabes e islámicos, pasando por determinados filtros, como ideal de mujer. Es muy
curioso, como lo ha puesto de manifiesto Lila Abu-Lughod22, que, bajo el reclamo de
“vuelta de las mujeres al hogar”, los fundamentalistas islámicos articulen toda su
propaganda sobre este ideal de mujer: esposa idónea, criadora científica de los hijos, etc.
que, justamente, no tiene nada que ver con su tradición. Puestos a querer volver a la
tradición genuina, si es que hay algo así como una tradición genuina, lo eran justamente
esas redes de familias extensas a que nos hemos referido, y no la familia nuclear. Sin
embargo, es muy significativo cómo los fundamentalistas islámicos quieren darle
pedigrí islámico a esta forma de familia que, desde luego, procede de Occidente. Este es
un fenómeno que refuta particularmente lo inadecuado de las maneras en que se
simplifican las relaciones entre culturas como si solamente pudieran ser o de
asimilación o de destrucción: las culturas o bien serían absorbidas totalmente las unas
por las otras o se destruirían como culturas. No son, sin embargo, las cosas así: las
culturas, cuando entran en interacción, hacen apropiaciones selectivas y “repudios
selectivos”, y, tanto las unas como los otros se hacen en función de las propias
Feministas de la Universidad Complutense de Madrid y Dirección General de la Mujer de la Comunidad
de Madrid, 1994.
21 Cfr. Concha Fagoaga, La voz y el voto de las mujeres. El sufragismo en España. 1877-1931, Barcelona,
Icaria, 1985.
22 Cfr. Lila Abu-Lughod, “El matrimonio del feminismo y el islamismo en Egipto: El repudio selectivo
como dinámica de la política cultural postcolonial”, en Lila Abu-Lughod (Ed.), Feminismo y modernidad
17
necesidades. En el caso de estos países islámicos, estas necesidades están a veces en
función de su lucha contra sus propios antiguos regímenes, como lo ha estudiado Deniz
Kandiyotti23. De esa manera, todo el discurso acerca del nuevo tipo de pareja, de la
familia nuclear y el nuevo ideal de mujer funciona como un dispositivo propagandístico
para erosionar los propios antiguos regímenes en estos países. Los fundamentalistas
islámicos tienen en este orden de cosas muy claro hasta dónde pueden negociar, es
decir, asumen ya la necesidad de la educación de las mujeres; llegan a aceptar incluso
que las mujeres tengan que trabajar, pues las necesidades de mantener cierto status de
clase media en países como Egipto implican el trabajo de las mujeres. Eso sí: se
requiere que vayan con el velo al trabajo, que las acompañe alguien y las recoja. Pero,
en definitiva, transigen con una serie de cosas cuyo pedigrí islámico es más que
discutible, evidentemente. Se produce un rechazo de plano, en cambio, a todo lo que sea
por parte de las mujeres libertad sexual y libertades públicas, es decir, se corta por la
línea de puntos que marca lo que se percibe como irreductiblemente feminista. Se puede
aceptar que la mujer trabaje en cuanto cumpla una función pragmática. Ahí se puede
transigir porque se trata de supuestos asumidos hasta tal punto por las clases medias y
las clases medias bajas que sería imposible rechazar este tipo de discurso y los
fundamentalistas lo saben. Sin embargo, donde está el hueso duro de roer es
precisamente en algo que también se recibe de Occidente y entra dentro de la misma
retícula en la medida en que el feminismo occidental nació – sin duda entre otros inputsa
partir de este ideal protestante de “la esposa idónea”. Es significativo, pues, que el
ideal protestante de la esposa idónea sea aceptado y, sin embargo, no lo sean ciertas
libertades públicas y sexuales para las mujeres, etc.
Lila Abu-Lughod es una antropóloga egipcia que ha hecho unos trabajos muy
interesantes acerca de los seriales televisivos egipcios actuales, posteriores a la época de
Nasser, y ha estudiado muy bien los nuevos modelos de familia24. Ella, por su parte,
piensa que se corta por la línea de puntos porque, cuando hay un consenso social amplio
por parte de las clases medias y las clases medias bajas sobre estos nuevos estándares
sería imposible ir contra ellos. Así, por razones sociológicas, no hay más remedio que
aceptarlos y conferirles entonces pedigrí islámico. Sin embargo, se le puede poner la
en Oriente Próximo, traducción de Carmen Martínez Gimeno, Madrid, Cátedra, Colección Feminismos,
2002.
23 Cfr. Deniz Kandiyotti, “Algunas cuestiones incómodas sobre las mujeres y la modernidad en Turquía”,
En Lila Abu-Lughod, Op. Cit.
24 Cfr. Lila Abu-Lughod, op. cit., en Lila Abu-Lughod, op. cit.
18
etiqueta estigmatizadora made in Occident precisamente a aquéllo que solamente acepta
una minoría, según su análisis sociológico. Aquello que solamente una minoría podría
aceptar se estigmatiza y se repudia selectivamente. Pero quizás no sea sólo una cuestión
de qué fuerzas sociales están apoyando o rechazando estos nuevos fenómenos, sino de
lo que es específicamente feminista: son la libertad sexual y las libertades públicas lo
que es objeto de “repudio selectivo” por parte de los mismos que sí se apropian de otros
aspectos que han venido incorporados sin embargo en la misma retícula.
Hemos podido ver, según la deconstrucción genealógica de Armstrong, cómo
los varones que aspiran al relevo del poder formulan, en este caso a través de la ficción,
los nuevos términos en que entienden la legitimidad del contrato sexual antes de dar las
batallas políticas frontales que llevarán a sustituir el derecho divino del Antiguo
Régimen por la constitución de un nuevo poder de acuerdo con la filosofía del contrato
social. Podríamos, por nuestra parte, generalizar la tesis de Armstrong en la medida en
que parece verificarse en otros contextos. Deniz Kandiyoti llama nuestra atención sobre
el personaje de Natasha, la heroína romántica de Guerra y paz. Leon Tolstoi le atribuye
las virtudes domésticas: amamanta a su hijo, práctica poco recomendable para ella dada
su mala salud, porque su marido es partidario de las teorías de Rousseau. La imagen de
Natasha contiene aquí una crítica del comportamiento afrancesado de las mujeres de la
aristocracia, que prefieren las artes de la seducción a las satisfacciones de la maternidad,
así como una denostación de la artificialidad y el carácter nocivo de la institución del
ama de cría. El contexto en que se inscribe esta imagen es significativo: estamos ante la
visión romántica tolstoyiana de una Rusia reformada versus el artificio y el
cosmopolitismo de la élite. El autor de Guerra y paz expresa así, en una clave populista
más afín a la deriva prerromántica de Rousseau que a su faz ilustrada, su descontento
con el Antiguo Régimen imperial. Despliega en función de ello su concepción de una
feminidad normativa esencial, de una complementariedad “natural” entre los sexos y de
la familia como cimiento de una sociedad sana y regenerada. En esta misma línea se
situaría la vasta literatura preceptiva, que toma como referente polémico el Imperio
Otomano, de los Jóvenes Turcos, contemporánea a la obra de Tolstoi, sobre costumbres
domésticas, administración del hogar y crianza de los niños. Se apropiaban así
selectivamente de los registros discursivos de Occidente que más funcionales les
resultaban en su lucha contra su Antiguo Régimen. Con todo, es pertinente recordar la
afirmación de Claude Lévi-Strauss: “es la generalización la que funda la comparación y
no al contrario” como principio metodológico que debería ser convalidado.
19
7. Sobre Ilustración e Ilustraciones.
Querría terminar con dos reflexiones acerca de la Ilustración y las Ilustraciones.
El feminismo es un producto de la Ilustración , y la primera Ilustración25 - no debemos
olvidar, con todo, la Ilustración sofística griega- y la más potente parece ser que fue la
Ilustración europea. Pero ni Europa ni Occidente tienen el monopolio de la Ilustración,
si entendemos “Ilustración” en un sentido amplio, como procesos crítico-reflexivos que
se producen en las diferentes culturas. Ha habido contextos y procesos de Ilustración en
otras culturas. Así, podríamos decir que no es verdad que la Ilustración haya sido una
Ilustración totalmente autóctona, porque nuestra Ilustración europea le debe mucho a las
contrastaciones culturales, desde los descubrimientos geográficos del Renacimiento y
las Cartas Persas de Montesquieu hasta las ideas de la “buena salvaje” de Poullain de la
Barre y del “buen salvaje” de Rousseau. Los occidentales hicimos la crítica de nuestras
instituciones tomando muchas veces como referentes normativos conocimientos que
habíamos logrado a través de esos procesos de contacto con otras civilizaciones y otras
culturas. En alguna medida, la Ilustración europea también fue inducida y no sólo
autóctona y, a su vez, lo que podríamos llamar “las otras Ilustraciones” tampoco fueron
meramente inducidas: lo endógeno y lo exógeno se mezclan hasta tal punto que nunca
se pueden distinguir con total nitidez. En los “otros” procesos de Ilustración hubo, por
tanto, una mezcla de elementos endógenos y elementos exógenos – ya nos hemos
referido a ello - que respondían a las necesidades de los distintos países de hacer ajustes
de cuentas con sus propios antiguos regímenes, como lo afirma Kandiyotti26, para lo
cual les sirvieron apropiaciones selectivas de la Ilustración occidental con la que
entraron en contacto, bien a su pesar, siendo colonizados o, en otros casos, por – relativa
- elección como Turquía, como en Irán o en alguna etapa en Egipto. Por lo tanto, las
Ilustraciones deberían reflexionar más acerca de lo que le deben a la interpelación
intercultural. Si algún diálogo intercultural es aún posible en este momento terrible, si
por algún lado se pudiera tender algún puente, lo sería precisamente de Ilustración a
Ilustración, de proceso crítico-reflexivo a proceso crítico-reflexivo.
El contacto de los países islámicos con la civilización occidental en el siglo XIX
generó en las tradiciones culturales de los mismos lo que en otra parte hemos llamado
25 Cfr. Celia Amorós, Tiempo de feminismo. Sobre feminismo, proyecto ilustrado y postmodernidad,
Madrid, Cátedra, Colección Feminismos, 1995.
26 Cfr. Deniz Kandiyotti, op. cit., en Lila Abu-Lughod, op. cit.
20
“contextos de Ilustración27”. El que estos países hayan sido o no políticamente
colonizados - todos, sin duda, lo han sido económica y culturalmente en mayor o menor
medida- imprime modulaciones diferenciales enormemente significativas en estos
encuentros. Turquía se abrió a Europa por su propia voluntad28; en cambio, la
colonización de Argelia por los franceses fue particularmente dura, cruel y dramática.
Irán sufrió “occidentalitis” con los Pahlevi, en expresión de los fundamentalistas,
mientras que Egipto soportó la colonización británica durante un período relativamente
corto. El fenómeno de la Ilustración egipcia nos ha sido narrado, entre muchos otros
autores, por la escritora Nawal al Sadawi en La cara desnuda de la mujer árabe29. La
tunecina Sophie Bessis, en mi opinión la más penetrante, hace referencia a lo que
llamamos la “veta de Ilustración” egipcia como un proceso relativamente autóctono que
los occidentales, en una muestra más de sus incoherencias, trataron más bien de hacer
abortar30.
¿Son estas “vetas de Ilustración” endógenas o exógenas, genuinas o
importadas? En un mundo multicultural no tiene demasiado sentido plantear así las
cosas: todo es exógeno y endógeno a la vez en alguna medida. Nos llevaría aquí
demasiado lejos seguir detalladamente estos procesos, que en el caso de Turquía cobran
especial pregnancia. En este contexto nos limitaremos a unos breves apuntes sobre una
modalidad relevante del feminismo islámico, que ilustra precisamente la imbricación
entre lo exógeno y lo endógeno a que nos hemos referido en los fenómenos de
interacción entre diferentes culturas con sus formas particulares de rechazo y
apropiación selectivos. En este sentido, la orientación feminista de la escritora marroquí
Fatema Mernissi viene a ejemplificar paradigmáticamente una peculiar combinación, en
la fundamentación teórico-política de su feminismo, de elementos endógenos – que se
ponen de manifiesto en su apelación (implícita) a una forma de legitimación de tipo
tradicional en el sentido de la conocida distinción de Max Weber- y elementos
exógenos, que orientan - aunque ella no lo tematice ni lo haga explícito- la dirección
que inspira su reconstrucción de lo tradicional y que no es sino la legitimación racional
en el sentido weberiano. Lo endógeno y lo exógeno se redefinen aquí de forma no
carente de tensiones conceptuales, como difícilmente podría ser de otro modo. Con
27 Cfr. Celia Amorós, “A vueltas con la igualdad y la diferencia sexual”, en Viento Sur , nº 59, año X,
noviembre, 2001.
28 No entraremos aquí en todos los matices pertinentes.
29 Nawal al Sadawi, La cara desnuda de la mujer árabe, Madrid, Horas y horas, 2001.
30 Cfr. Sophie Bessis, Occidente y los otros, loc. Cit., p. 57.
21
todo, la tarea de establecer una distinción analítica entre los diversos elementos que se
combinan en esta sugerente teórica merece ser emprendida, en la medida en que arroja
clarificaciones conceptuales sumamente pertinentes para la teoría crítica y la historia
del feminismo, así como su relación con las Ilustraciones.
8. Notas sobre el “feminismo islámico”
La escritora marroquí Fatema Mernissi, a quien han concedido el Premio
Príncipe de Asturias de las Letras 2003, lleva a cabo unas muy personales lecturas del
Islam de las que se derivaría un feminismo autóctono, al que no podrían acusar los
fundamentalistas de ser una importación de Occidente. El trabajo de Mernissi en esta
línea ilustra lo que ciertos sociólogos políticos han llamado “invención de la tradición”:
no hay tradición sin interpretación, toda interpretación de una tradición es selectiva y
está orientada por determinados intereses vinculados a las necesidades del presente.
Desde este punto de vista, tal como ya lo hemos apuntado, la forma de legitimación que
invoca Mernissi para “vender”, digamos, su versión del Islam correspondería a lo que se
entiende por legitimación tradicional en sentido weberiano, a la vez que se inspira en los
temas y los argumentos que serían propios de la llamada por Weber forma “racional de
legitimación.” Quizás es pertinente recordar aquí las distinciones de Max Weber entre
legitimación tradicional del poder – un poder se respeta por que las cosas siempre han
sido así-, legitimación racional – se convalida en la medida en que se basa en el
consenso de individuos que son libres e iguales- y legitimación carismática – se lo
obedece en función de las insólitas capacidades de un líder para atraer seguidores.
Fatema Mernissi enfatiza que la subversión de las mujeres en el Islam es especialmente
grave porque, si se produce, toda la jerarquía del edificio simbólico se tambalea. Los
varones deben obedecer ciegamente la ley divina y del mismo modo deben hacerlo las
mujeres a sus maridos31. Sin embargo, la historia del Islam, adecuadamente reconstruida
mediante toda una línea de investigación llamada nissa´ista, relativa a las mujeres, pone
de manifiesto, según nuestra autora, una nutrida tradición de rebeldías32. Pues bien,
Mernissi pretende fundamentar su feminismo en la historia del Islam (que sería así un
feminismo autóctono y no una importación occidental.) Sin embargo, la interpretación
31 Lo que nos explica Fatema Mernissi no es, en definitiva, tan radicalmente diferente de lo que afirmaba
Milton en El paraíso perdido: él, para Dios; ella, para Dios en el hombre.
32 Desde Sakina y Aischa, rebeldes fundacionales, por decirlo así.
22
de Mernissi – y de muchas otras, como la iraní Shirín Evadí, Premio Nobel de la Paz
2003 que ha tenido la desfachatez de arrebatárselo al Vaticano- ha de competir con las
de los sectores conservadores y fundamentalistas que sostienen que las mujeres nunca
han desempeñado ningún papel en la política. Y así debe ser y así debe seguir siendo,
añadirían, porque es lo acorde con la letra y el espíritu del Islam. Para articular una
legitimación tradicional alternativa, Mernissi y las hermeneutas que quieren dar pedigrí
feminista al texto sagrado han de contraargumentar que ellas se basan, fieles a la letra,
en hechos comprobados y que, además, son hechos de esta naturaleza los que se ajustan
al “verdadero espíritu del Islam”. Ese “verdadero espíritu” es compatible con la
democracia, con los derechos humanos, con los derechos de las mujeres a la igualdad.
Ciertamente, la separación entre el espíritu y la letra del texto sagrado pone a las
religiones, tarde o temprano, en el proceso por el cual la religión se vuelve “vivencia
religiosa”. La religiosidad, como vivencia, se subjetiviza: significativamente, Fatema
Mernissi se remite de forma recurrente a la profunda emoción que le suscita el Islam
sufí, claramente místico y, en alguno de sus registros, de inspiración universalista33.
Cuando la religión se convierte en “vivencia religiosa”, en el sentido que le dio
Heidegger a esta transformación34, queda un amplio campo disponible “para la
investigación histórica del mito”.
Mernissi lleva a cabo esta investigación en la medida misma en que parece
convertir el Islam en última instancia en vivencia religiosa. Su investigación pretende
dotar a su religión de una memoria histórica alternativa, favorable a las mujeres. Ahora
bien: las mujeres a quienes rescata del olvido en la memoria del Islam son nobles que, al
negarse a ponerse el velo y no aceptar el papel tradicional, se instituyen en excepciones.
No existen ni pueden existir en ese contexto aristocrático más que excepcionalidades
femeninas transgresoras, pero no una lógica democratizadora para todas las mujeres, lo
que consideramos que es, con propiedad, el feminismo35. La legitimación tradicional de
Fatema Mernissi es así paradójica: en la historia del Islam, según ella, siempre ha
habido mujeres rebeldes36. Esa legitimación, sin embargo, no surge, como ella pretende,
del puro Islam originario, si es que existió alguna vez en alguna parte. Ella estructura su
lectura crítica y alternativa de la tradición islámica con la ayuda, sea o no consciente de
33 De acuerdo con su interpretación. Parece darse aquí un curioso eclecticismo: habría que contrastar esta
interpretación con la de Yabri, el autor de la Crítica de la razón árabe, a quien nos hemos referido.
34 Cfr. Celia Amorós, Tiempo de feminismo, Madrid, Cátedra, Colección Feminismos, 1997.
35 Cfr. Celia Amorós, op. cit.
36 Cfr. Fatema Mernissi, El poder olvidado, Barcelona, Icaria, 1995.
23
ello, de elementos de legitimación racional procedentes en buena medida de su
interacción con Occidente (los valores de libertad, de igualdad frente a discriminación,
etc.) Son esos elementos los que orientan selectivamente sus interpretaciones e inciden
en su magistral elaboración del catálogo de las mujeres ilustres del Islam. Este catálogo
encontraría su pendant occidental en Christine de Pizan37 (siglo XIV), que reúne en La
cité des dames a “les dames ilustres de bonne rennomé”; o en el mago renacentista
Cornelio Agrippa von Nettesheim: en este caso estamos ante una tópica renacentista
propia del género De l´excellence des femmes. Agrippa, que dedicó su obra a la regente
Margarita de Austria, hacía referencia a que, de acuerdo con la Biblia, Eva era superior
a Adán. El relato bíblico nos cuenta que Dios creó a Adán del barro de la tierra y, luego,
a Eva, de una costilla de Adán. Ahora bien: es muy difícil sostener que el barro de la
tierra es un material más noble que el de la costilla del propio Adán. Por tanto, Eva es
superior a Adán. Al texto sagrado siempre se le puede dar la vuelta. Cuando se es
consciente de que es susceptible tanto de una lectura como de su contraria, entonces lo
que hay que demostrar más bien es que el texto sagrado no pone límites a aquello que se
presenta como evidente desde los criterios de la legitimación racional38. Así, afirmará
Mary Wollstonecraft:
“Si viniera un ángel de los cielos para decirme que la bella y poética cosmogonía
de Moisés y los relatos de la caída del hombre eran literalmente ciertos, no
podría creer lo que la razón me había dicho que es injusto que provenga del Ser
Supremo. Y sin temor a enfrentarme con el Diablo, me atrevo a llamar a todo
esto una “alucinación de la razón.” 39”
Hemos pasado, pues, insensiblemente, de hablar de efectos crítico-reflexivos de
las contrastaciones culturales a hablar de Ilustraciones. Si se quiere, de vetas de
Ilustración. Partimos de la hipótesis de que todas las culturas deben tenerlas en algún
momento, sobre todo en un mundo en que todas ellas interactúan. La Premio Nobel de
la Paz Shirín Evadí es sólo una punta de iceberg de un movimiento de disputa por el
monopolio de la interpretación del texto sagrado40. Podemos, así, reconstruir una
37 Cfr. Celia Amorós, op. cit. Nos encontramos aquí con un feminismo racionalista que se alía con la
hermenéutica bíblica ilustrada. Un paradigma del género será la obra de las líderes sufragistas E. Cady
Stanton y L. Stone que lleva el significativo título de La Biblia de la mujer (Cfr. Elizabeth Cady Stanton
(Ed.), La Biblia de la mujer, Prólogo de Alicia Miyares, Traducción de J. Teresa Padilla y M. Victoria
López, Madrid, Cátedra, Colección Feminismos, 1997.)
38 Este sería el planteamiento de un feminismo en el contexto de la hermenéutica bíblica ilustrada.
39 Mary Wolstonecraft, op. cit.
40 Ha habido, por otra parte, cambios significativos introducidos por el rey de Marruecos en el Código de
Familia, aunque éstos son más timoratos y ambiguos.
24
genealogía de Evadí en Irán que se remonta a la feminista iraní del período
constitucionalista, Dowlatabadi41. Hay que hacer, en suma, el canon feminista ilustrado
multicultural.
9. La búsqueda de una “modernidad alternativa” y las paradojas de la Ilustración
inducida.
De acuerdo con Leila Abu Lughod42, el pensamiento islámico contemporáneo
que no se identifica con la opción fundamentalista se plantea como la búsqueda de una
“modernidad alternativa”. “Salvar la modernidad afirmando su pedigrí indígena” adopta
múltiples formas. Pues la búsqueda de una modernidad por parte de pueblos
formalmente colonizados o expuestos a las influencias europeas responde a lo que
podríamos llamar las paradojas de la Ilustración inducida. Decirle a una cultura ajena
“imite usted mi espíritu crítico e ilustrado” no es sino someterla a lo que los psiquiatras
de la Escuela de Palo Alto han llamado el “mensaje paradójico”. La cultura así
interpelada sólo puede cumplir la consigna si no la cumple, y en la medida misma en
que la cumple la desobedece. En efecto: imitar el espíritu crítico de la potencia
colonizadora que – teóricamente, al menos- exporta e induce ilustración no haría sino
demostrar por parte de la potencia receptora que carece de su propio espíritu crítico, ya
que – acríticamente- se aviene a imitarlo. Y, si se niega a cumplir esta práctica
mimética, no hace con ello sino poner de manifiesto su rechazo frontal e irreflexivo a la
adopción de actitudes críticas, es decir, pone de manifiesto su cerrilismo antiilustrado.
En estas condiciones, no es de extrañar que la reacción de los colonizados – ya sea
política y/o culturalmente- a este mensaje paradójico, en los proyectos nacionalistas de
los países islámicos del Próximo Oriente de finales del XIX y principios del XX, se
articulara como una afirmación de que la modernidad propuesta o impuesta pertenecía a
su propio legado cultural avant la lettre. Como lo señala Partha Chatterjee, se trataba de
un intento de “negar las acusaciones coloniales de atraso y remediarlas mediante
reformas modernistas43”. A un mensaje paradójico no se puede responder sino
paradójicamente. A menos que consiga metacomunicar, es decir, captar el carácter
41 Cfr. Zohreh Sullivan, en Lila Abu-Lughod, op. cit, cap. 6
42 Cfr. Leila Abu Lughod, Feminismo y modernidad en Oriente Próximo, Cátedra, Colección
Feminismos, Madrid, 2002.
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paradójico del mensaje y deconstruirlo desde un nivel metalingü.stico. Pero no siempre
se dan las condiciones para ello.
La recepción de la Ilustración europea por parte de estas sociedades se lleva a
cabo, como no podría ser de otro modo, mediante una apropiación selectiva. A su vez,
esta apropiación selectiva se rige por criterios de funcionalidad con respecto a procesos
crítico-reflexivos endógenos: “Quicquid recipitur ad modum recipientis recipitur”,
rezaba el sabio adagio escolástico. Y ello no deja de generar, por su parte, efectos de
feedback sobre la Ilustración paradigmática, la cual debería corregir, por razones cada
vez más pertinentes y acuciantes, una autocomprensión solipsista a la que ha tendido
recurrentemente, hasta en el modo mismo de plantear su propia autocrítica.
Sin duda, la historia es siempre investigación retrospectiva de nuestra propia
problemática y toda reconstrucción del pasado no es sino una “invención de la
tradición”. Del mismo modo que los pueblos y las culturas colonizados llevan a cabo
una apropiación selectiva ad extram de las culturas de sus colonizadores en función de
sus propias tensiones y desajustes internos – no existen culturas monolíticas-, necesitan,
complementariamente, realizar una apropiación selectiva ad intram que dote de
coherencia, arraigo y convalidación a sus opciones y asunciones con respecto a lo que
desde fuera se les ofrece y/o se les impone. Pues bien, Mohammed Abed Al-Yabri,
autor de la Crítica de la razón árabe teoriza de un modo perfectamente consciente esta
necesidad. De ahí deriva, en primer lugar, su crítica al fundamentalismo, que hace un
uso indebido y sistemático de la analogía para interpretar el futuro – término in
absentia- en función del pasado – término in praesentia “tal como debió ser”. La
facticidad así mistificada se asume de este modo como la única opción posible de una
libertad que reniega de su presente y de su futuro.
Pero el fundamentalismo – simplificamos aquí por razones de espacio: hay
fundamentalismos- no es la única modalidad posible de lo que Sartre llamaba “la mala
fe”: hacer de la libertad facticidad. Existe otra modalidad – son cara y cruz de la misma
moneda- consistente en asumir la propia libertad como si – contrafácticamente- no fuera
una libertad en situación, una libertad incardinada que no puede, sin pervertir el plexo
ontológico éticamente válido entre libertad y facticidad, pretender, como un viajero sin
bagajes, prescindir de la segunda. Para nuestro filósofo magrebí, esa sería justamente la
actitud de lo que él llama “el liberalismo árabe”, al que dirige una dura crítica. Los
43 Partha Chatterjee, Nationalist thought and the colonial world: A derivative discourse?, Zed Books,
Londres, 1986.
26
intelectuales de esta orientación “saltan por encima de sus Rodas”, como podríamos
decirlo hegelianamente y, desmarcándose de su propio legado cultural, toman como su
punto de referencia “el sistema de pensamiento europeo establecido en los siglos XVII y
XVIII, y gracias al cual la clase burguesa europea ascendente combatió las ideas y los
regímenes feudales.” El problema del pensamiento árabe contemporáneo se plantea
entonces en estos términos “¿cómo puede este pensamiento asimilar la experiencia del
liberalismo antes o sin que el mundo árabe pase por la etapa del liberalismo?” (Los
referentes polémicos a los que nuestro autor alude aquí son intelectuales como Abdallah
Laroui, Zaki Nayib Mahmud, Mayid Fajri, entre otros.) De acuerdo con Al Yabri,
“es totalmente erróneo plantear el problema de este modo. Porque esperar que
los árabes asimilen el liberalismo europeo es esperar de ellos que incorporen a su
conciencia una historia ajena, un patrimonio cultural que les es extraño en
cuanto a los temas y las problemáticas que plantea... Un pueblo sólo puede
recuperar en su conciencia su propio patrimonio cultural o lo que de él depende.
En cuanto al patrimonio humano en general, en lo que tiene de universal, un
pueblo lo vive necesariamente desde dentro de su propia tradición y nunca desde
fuera.44”
La peculiar manera en que nuestro autor conjuga las demandas ilustradas de
corte universalista con las legítimas aspiraciones románticas de los pueblos de afirmar
su identidad es paradigmática. Y sus implicaciones políticas no se nos pueden ocultar
precisamente ahora, cuando se impone “la democracia” a golpe de misiles inteligentes y
bombas de racimo, por una parte, mientras reactivamente, por la otra, se busca el
atrincheramiento en una identidad que ya no puede ser sino fraudulenta. Recordemos:
“Quien teme perder su identidad, afirma Raimundo Paniker, ya la ha perdido”. No es
posible la existencia de identidades “inocentes”, resistentes a toda interpelación e
inmunes a cualesquiera mediaciones reflexivas. Parafraseando a Kant, podríamos decir
aquí de nuevo que identidad sin subjetividad es ciega, así como una presunta
subjetividad sin identidad es vacía. El autor de la Crítica de la razón árabe lo expresa
con la mayor pregnancia
“La ruptura que reivindicamos aquí no es una ruptura con la tradición, sino con
un cierto tipo de relación con la tradición. De “seres tradicionales” que somos,
esta ruptura debe hacer de nosotros seres capaces de comprender su tradición, es
44 Op. cit., p. 159. Recordemos que a los alumnus argelinos durante la colinización francesa se les
obligaba a aprender en las aulas “nos ancêtres les gaulois”.
27
decir, personalidades cuya tradición forma uno de sus elementos constitutivos,
gracias al cual la persona encontrará su inscripción en el seno de una
personalidad más amplia...45”
Hay que replantear, pues, en la lectura e interpretación de la tradición coránica,
la relación entre el sujeto y el objeto, desmontando de este modo una relación especular
que no produce sino efectos de bloqueo epistemológico. Al -Yabri formula así su propia
versión del ¡sapere aude! cuando afirma que el “pensamiento... al no poder asumir su
independencia, convierte a ciertos objetos – sobre los que trabaja- en criterios para
evaluar los restantes objetos.” El sujeto que abdica de este modo “se refugia en un
antepasado lejano, en un “ancestro fundador” gracias al cual podrá recuperar la estima
del yo. El pensamiento árabe moderno y contemporáneo está en esta línea. Por eso es,
en su mayor parte, de tendencia fundamentalista. Sus diferentes corrientes y tendencias
no se distinguen de hecho más que por el tipo de “ancestro-fundador” tras el que
esconderse.46”
10. Una hermenéutcia ilustrada del texto sagrado.
Frente a los diversos fundamentalismos, el autor de El legado filosófico árabe47
apela a la concepción del escritor andalusí Ibn Hazm, autor del célebre El collar de la
paloma, acerca de la hermenéutica coránica. “No está permitido a ningún hombre,
afirma Ibn Hazm, imitar a cualquier otro, vivo o muerto, porque cada uno está obligado
a realizar, en la medida de sus posibilidades, un esfuerzo interpretativo (“iỹtihad”) Se
ponen de este modo las bases para una democratización de las prácticas de
hermenéutica del texto sagrado. Así, para Ibn Hazm,
“La religión de Dios - ¡El Altísimo!- es puramente exotérica, y no así
absolutamente esotérica. Es eternamente obvia y no oculta ningún secreto
latente. En ella todo se basa en pruebas y nada está sujeto al azar. El enviado de
Dios (sl´m) no se ha callado ningún sentido de la ley revelada, por muy sutil que
fuera. No hay nada tampoco de lo que sería mostrado a sus más cercanos
parientes, mujer, hija, tía o primo, sin que fuese revelado al común de los
mortales, blancos o negros, o a cualquier pastor de rebaño. No hay secreto, no
45 Mohammed Abed Al- Yabri, op. cit., p. 61.
46 Mohammed Abed Al-Yabri, op. cit., p. 54.
47 Mohammed Abed Al-Yabri, El legado filosófico árabe, traducción, notas e índice de Manuel C. Feria
García, Madrid, Trotta, 2001.
28
hay sentido oculto que el Profeta – la paz sea con él- se hubiera abstenido de
divulgar. Todo su mensaje se expresó en la predicación que dirigió a todos,
porque si hubiera callado algo, es como decir que no habría cumplido su
misión.48”
Frente a la violencia como el horror que nos rodea y la mala fe que por ambos
bandos se nos impone, proyectos como el de Al-Yabri de reconstruir esta tradición
islámica, proyectos teóricos que no pueden sino estar imbricados en un compromiso
político y militante con la “civilización del conflicto de civilizaciones”, como me gusta
llamar a la construcción de alternativas a la siniestra profecía que se cumple a sí misma
de Samuel Huntington, deben ser estudiados, apoyados, instituidos en paradigma de lo
que puede ser una “interpelación intercultural” entre las civilizaciones que induzca más
y más efectos de reflexividad y, en la misma medida, más Ilustración. Una Ilustración
multicultural.
11. De la “universalidad sustitutoria” a una “universalidad interactiva”.
Tomamos esta distinción conceptual tan pregnante de la filósofa feminista
estadounidense Seyla Benhabib. Ella la acuñó para referirse a las limitaciones del
pensamiento ilustrado en relación con la exclusión de las mujeres de los universales que
este mismo pensamiento formulaba, de forma tal que esos universales fraudulentos
ocultaban “particularidades no examinadas49” Entendemos que la crítica al
androcentrismo y la crítica al etnocentrismo desde este punto de vista vienen a ser
isomórficas. Si tras el sujeto de la Ilustración europea se encuentra el “perfil” del varón
blanco propietario – luego se instituyó una dinámica que desplegó sus virtualidades y
amplió sus ámbitos de inclusión, desde el “sufragio universal masculino” a las
conquistas de la lucha sufragista-, tras la pretensión occidental del monopolio de la
universalidad se esconde también una cultura idiosincrática (aunque en modo alguno se
reduzca a ella como lo pretenderían las tesis multiculturalistas.) Es así como lo ve el
autor de la Crítica de la razón árabe:
“Aunque la modernidad europea se presente actualmente como modernidad a
escala “universal”, su simple pertenencia a la historia cultural específica de
48 Cit. por Al-Yabri en op. cit., p. 115.
49 Cfr. Sheila Benhabib y Drucilla Cornell (Eds.), Teoría feminista y teoría crítica, traducción de Ana
Sánchez, Edicions Alfons el Magnanim, Valencia, 1990
29
Europa, aun en los casos de contestación interna, la incapacita para establecer
una comunicación crítica y renovadora con la cultura árabe, cuya historia es
diferente. Ajena a la cultura árabe y a su historia, la modernidad europea se ve
así impedida para entablar un auténtico diálogo con la cultura árabe capaz de
suscitar en su seno movimiento alguno de transformación, por lo que se
comporta más bien ante dicha cultura como un ente desafiante que la empuja a
ensimismarse y a replegarse sobre sí misma.50”
Nuestro autor rechaza así una “universalidad sustitutoria”: sería a la vez falsa e
ineficaz. Pero, a la vez, su “invento de la tradición” está en función, de forma totalmente
lúcida y consciente, de su proyecto de incorporarse al progreso logrado por “la
modernidad planetaria”. Como conocedor de Habermas51, sabe que “la modernidad
debe buscar la validación de sus presupuestos en el interior de su propio discurso, a
saber, el discurso de la contemporaneidad y no el discurso de la tradicionalidad”. Para
ello, como lo diría Agnes Heller, ha de reconstruir, no cualquier pasado, sino “el pasado
de su propio presente”, un presente que le interpela y cuya interpelación ni quiere ni
puede eludir, así como el futuro que quiere y puede elegir. Por esta razón, para Al-
Yabri, “el camino hacia una modernidad propiamente árabe debe partir necesariamente
del espíritu crítico52 producido por nuestra propia cultura árabe.” Pues “de hecho, no
existe una modernidad, universal y a escala planetaria, sino múltiples modernidades,
diferentes de una época a otra y de un lugar a otro.” Pero ¿qué tienen en común estas
modernidades para que podamos referirnos a ellas teniendo en cuenta algunos supuestos
comunes? Creo que no interpretamos mal a nuestro crítico de la razón árabe si
afirmamos que toda modernidad se caracteriza por el “espíritu crítico”, la apreciación
del propio pasado bajo mediaciones selectivo-reflexivas en función de un proyecto de
configuración histórica del propio presente, así como por lo que Max Weber
consideraría, por diferentes que puedan ser las modalidades históricas en que el
fenómeno toma cuerpo, un cierto “desencantamiento del mundo”, implicado por la
separación de la esfera religiosa como referente totalitario de sentido de otras esferas
distintas en las que entran en juego sus propias racionalidades inmanentes. Entendemos
que son precisamente estos criterios los que han presidido la selección-reconstrucción
llevada a cabo por Al-Yabri de lo que podríamos llamar el conspecto ilustrado andalusí,
50 Mohammed Abed Al-Yabri, op. cit., p. 38.
51 Cfr. Jürgen Habermas, El discurso filosófico de la modernidad, Madrid, Taurus, 1989.
52 El subrayado es mío.
30
en el que destaca la potente personalidad de Averroes en el contexto de aportaciones tan
significativas como las de Ibn Hazm, Ibn Jaldún, entre muchos otros.
12. Trinchar el ave (rroes) por sus coyunturas naturales.
Entendemos, a la luz de lo que hemos venido exponiendo, que si ha de ser
posible civilizar “el conflicto de las civilizaciones”, los puentes habrán de ser tendidos
de Ilustración a Ilustración, o de “vetas de Ilustración” a “vetas de Ilustración” si se
prefiere, pues no existe ninguna cultura, ni siquiera la occidental (¡), que esté penetrada
por un espíritu ilustrado por todas sus partes. Si no queremos, pues, caer en la
reificación de las culturas y las identidades, es decir, si apostamos por una “cultura de
razones” (Kambartel) más allá de una mera cultura de la tolerancia, es decir, por una
cultura ilustrada feminista y pacifista, por una política cultural democrática, deberemos
seguir el consejo que Platón daba a los filósofos en el Fedro de “trinchar el ave por sus
coyunturas naturales”. Como lo hace el buen cocinero, y no como el chapucero que
procede a cortar y pinchar su guiso al buen tuntún topando con huesecillos inmanejables
por todas partes. Pues bien: las “coyunturas naturales” están, en las culturas con las que
queremos establecer diálogo, en las inflexiones críticas que, al menos casi todas,
generan en determinados momentos de su historia, en sus repliegues reflexivos, en sus
polémicas, endógenas e inducidas a la vez por la contrastación permanente de las
culturas en un mundo globalizado: ¿qué sentido tendría distinguir aquí en rigor lo
“genuinamente” intracultural y lo inducido, lo exógeno? Al- Yabri pone todo su énfasis
en la intraculturalidad, lo que es sumamente explicable y legítimo en su contexto, pero
es a la vez perfectamente consciente de que su propuesta de una lectura alternativa y
crítica de la tradición cobra todo su sentido precisamente porque estamos en un mundo
en que ni el Islam - ¡ni nadie!- está sólo. Se aplica, pues, a “trinchar el ave por sus
coyunturas naturales” y lo que encuentra – porque es lo que busca- es el averroísmo53.
¿Por qué? Porque interpreta el espíritu del averroísmo en términos de
“intercontemporaneidad” con nuestro momento presente. Pues el planteamiento de la
relación entre los dominios de la religión y la filosofía – lo que nosotros llamamos el
problema del laicismo- conserva en nuestra actualidad histórica toda su pertinencia.
53 Averroes, Ibn Rushd en árabe (1126-1198), filósofo cordobés musulmán de Al-Andalus, fue
reconocido en el medioevo latino como el comentador por excelencia de Aristóteles. Inspiró la creación
de la célebre escuela de pensamiento llamada “averroísmo latino”, con el que se enfrentó la otodoxia de la
cristiandad medieval.
31
“Averroes llamaba a comprender la religión en el interior de su propio discurso y
a comprender la filosofía en el interior de su propio dispositivo conceptual, a
través de sus principios e intenciones. Sólo de esa manera podemos, según
Averroes, renovar a la vez la religión y la filosofía. Inspirémonos también en
este método para concebir una relación adecuada con nuestro patrimonio
tradicional y con el pensamiento contemporáneo mundial, el cual representa para
nosotros lo que representaba para Averroes la filosofía griega. Basemos nuestra
relación con el legado cultural en una comprensión que nos permita asimilarlo
en su propio contexto, y asumamos nuestra relación con el pensamiento
contemporáneo mundial de la misma manera. Ello nos permitirá acceder a una
comprensión científica objetiva del uno y del otro, y nos ayudará a utilizarlos
conjuntamente en una misma perspectiva: dar fundamento a nuestra autenticidad
en la modernidad y dar fundamento a nuestra modernidad en la autenticidad.54”
Las raíces, como muy bien lo entiende nuestro filósofo, están para dar arraigo a
algo distinto que pueda y deba crecer a partir de ellas: si se toman a sí mismas por
objeto, se ahogan y se pudren como una planta demasiado regada. A su vez, a las
plantas así implantadas, hay que darles el acomodo que se merecen en el frágil jardín de
las Ilustraciones, o, si se prefiere, de esa Ilustración multicultural instituida en el único
patrimonio de la humanidad que puede salvarnos de la barbarie. Instituyamos, pues, a
Averroes – y, naturalmente, su contexto: no hubiera sido posible en un páramo- en un
clásico de la modernidad.
Ernst Bloch, en su obra Avicena y la izquierda aristotélica55 establece entre
Avicena y Averroes una cierta continuidad. Al-Yabri, por su parte, crítico de la lectura
marxista del legado cultural islámico, en la medida en que entiende que proyecta a
priori sobre él la expresión de las tensiones de la lucha de clases o la eterna pugna entre
54 Mohammed Abed Al-Yabri, op. cit., p. 157. “Con Averroes se establece... una concepción radicalmente
nueva de la relación entre religión y filosofía: concebir la racionalidad en el seno de cada uno de estos
dominios, sin confundirlos. La racionalidad en filosofía consiste en la observación del orden y la armonía
del mundo y, por ende, en el principio de causalidad, mientras que la racionalidad en religión se basa en
la toma en consideración de la “intención del Legislador”, cuya finalidad última es la de incitar a la
virtud. La noción de “intención del Legislador” en el ámbito de las ciencias tradicionales corresponde a la
de las “causas naturales” en las ciencias racionales. Tales son los principios sobre los que descansa el
“demostracionalismo” de Averroes”. ¿Tan lejos estamos del cielo estrellado sobre nosotros y la ley moral
en nuestro corazón? Nuestro querido filósofo valenciano Fernando Montero, significativamente, analizó
con pertinencia el estrato de “averroísmo en la ética kantiana”...
55 Cfr. Ernst Bloch, Avicena y la izquierda aristotélica, Madrid, Ciencia Nueva, 1966. El autor de En el
principio esperanza interpretó que la concepción averroísta del “intelecto agente” de Aristóteles como
común a toda la especie sirvió más adelante para que la Ilustración europea elaborara la idea de una razón
universal compartida por toda la especie humana.
32
materialismo e idealismo, establece entre ambos filósofos una total “ruptura
epistemológica”. En su trabajo “Avicena y su filosofía oriental”56, nuestro autor
identifica la filosofía emanatista de Avicena como el momento de “dimisión de la
razón” y de implantación de un “pensamiento oscurantista” en el ámbito del
pensamiento árabe-islámico. Asume la obra aviceniana “como un proyecto de filosofía
nacional (persa).
Si, cambiando abruptamente de escenario, nos trasladamos al Magreb y alÁndalus,
zonas independizadas desde su origen del imperio abasí, nos encontramos, de
acuerdo con la reconstrucción de Al-Yabri, con unos peculiares condicionantes: la
ausencia de una herencia preislámica y una situación de competitividad cultural
permanente con el califato abasí. Los doctores de la Ley andalusíes proscribieron así la
filosofía “en su forma emanacionista y en su forma iluminista sufí.” En suma, la
ideología de los adversarios “con sus implicaciones hermetistas”. Esta represión,
siempre de acuerdo con Al-Yabri, propició que la escuela de Córdoba, capital del
califato, se orientara al estudio de las “ciencias antiguas”, toleradas por los doctores de
la Ley que las consideraban ideológicamente inocuas: las matemáticas, la astronomía y,
más tarde, la lógica, con lo cual se instituyó el silogismo aristotélico y el método del
razonamiento demostrativo como antídoto contra los desmadres del pensamiento
analógico. “La necesidad política e ideológica demandaba... la elaboración de un
proyecto cultural andalusí capaz de representar una alternativa histórica frente a los
proyectos abasíes y fatimíes.” El califato omeya hubo de diseñar de este modo su
legitimidad política sobre el modelo epistemológico que le proporcionaba un discurso
filosófico previamente disciplinado por el cultivo de las ciencias57.
13. Ilustraciones y feminismos.
La obra de Ibn Jaldún (1332-1406), La Muquaddima, donde expone su teoría
sobre los principios de la civilización humana, se inscribe en la estela averroísta. En
ella, el tema del origen del poder en relación con la problemática de la secularización,
56 Incluido en su libro Nahnu wa at-turā t. Nota del traductor.
57 En realidad, algo parecido – pongamos límites a la analogía- ha ocurrido en todas las Ilustraciones: la
polis griega tomó como su referente la geometría con su pregnante capacidad de sugerencia de la idea de
igualdad (el círculo en que los guerreros ponían las cuestiones comunes “en el centro” y “en el medio”57 );
la legitimación contractualista moderna del poder tomó el atomismo y el paradigma mecanicista como sus
metáforas preferidas para la configuración de su concepción del pacto social originario... Hobbes sería en
este sentido un caso paradigmático.
33
pide, como lo diría Hegel en sus Lecciones de Historia de la Filosofía ,como asunto del
mundo que es, “ser pensado mundanamente”.
“He escrito un libro sobre la Historia, nos dice su autor, en el que descorrí el
velo que ocultaba las condiciones de la emergencia de las generaciones. Lo he
dividido en capítulos, que tratan sobre los relatos históricos y el sentido de los
acontecimientos. He dilucidado en él las causas inherentes a la génesis de la
civilización y de las dinastías (...) Es, en suma, un tratado sobre las condiciones
de la civilización y de la urbanización (...) así como sobre las características
propias de la sociedad humana, que permite al lector disfrutar del conocimiento
de las causas de la formación y el desarrollo de los hechos de civilización, y
comprender cómo los fundadores de las dinastías han constituido su poder.58”
Sobre estas bases, nuestro teórico de la historia busca elementos que –
weberianamente- podríamos llamar de “legitimación racional” versus la legitimación
meramente tradicional del poder: entenderá así que, si el Legislador ha impuesto el
“nacimiento en la tribu qurayši como condición para acceder al califato, ello se debe a
que “la solidaridad tribal”, el único elemento capaz de asegurar el dominio de un pueblo
sobre los demás se daba, en la época del Profeta, precisamente en esa tribu.
El autor de la Crítica de la razón árabe lleva a cabo en sus interpretaciones una
operación reflexiva compleja: por una parte, procede a una apropiación selectiva ad
extram de todo cuanto tiene de material y normativamente deseable “la modernidad
planetaria”, asumiendo a la vez una implacable crítica de su concreción-desviación
como razón instrumental, a la que hay que oponerse en nombre de los principios de la
modernidad misma59. Este momento crítico-reflexivo inducido, que tiene
inevitablemente un vector exógeno –la interpelación intercultural-, educe a su vez un
mecanismo reflexivo endógeno que orienta hacia una apropiación selectiva, ahora ad
intram, en el interior de la propia tradición. Se procede así en orden a lograr que las
modernidades canonizadas instituyan las tradiciones así sometidas a criba – pues en
ellas se ha decantado a su vez un proceso de criba- en interlocutoras para constituir
entre todos ese “universalismo interactivo” que Occidente ha pretendido hacer a su sola
medida. De este modo, los efectos de crítica y reflexividad se suscitan no sólo por
58 Cit. por Mohammed Abed Al-Yabri en op. cit., p. 146. Subrayados míos.
59 En el contexto de mi contribución he utilizado aquí muchas veces “modernidad” e “Ilustración” como
sinónimos, ya que no sería posible entrar en la complejidad del debate y las precisiones que el tema
requeriría.
34
razones endógenas, sino exógenas: ambas interaccionan y se articulan entre sí. Así, si el
multiculturalismo iguala por abajo – poniendo el rasero de una tolerancia que es en el
mejor de los casos un respeto meramente pasivo-, la Ilustración multicultural iguala por
arriba. Compara las culturas y las hace interactuar problematizándolas, promoviendo su
crítica y autocrítica y potenciando el debate y la reflexividad que “civiliza” el “conflicto
de civilizaciones”. Sitúa así las culturas en un horizonte – problemático y asintótico,
pero al menos abierto- de paz. Pues bien: desde la posición feminista ilustrada a la que
nos adscribimos, afirmamos que las culturas en que se han puesto en cuestión los roles
estereotipados y subordinados de las mujeres son preferibles a aquéllas en las que nunca
se habría producido un cuestionamiento de ese orden. A lo largo de una serie de trabajos
hemos puesto de manifiesto que entre feminismo e Ilustración existe un vínculo
recurrente y esencial, si bien no carente de ambigüedades y complejidades60. Si así ha
ocurrido en la Ilustración europea y ésta no ha sido la única Ilustración posible,
podemos articular la hipótesis de que en las “vetas de Ilustración” que se pueden hallar
en otras culturas vamos a poder encontrar modalidades significativas de feminismo. No
debían, pues, estar ausentes en una obra como la de Averroes, del que sólo podemos
ofrecer aquí un texto donde se pone en cuestión la condición femenina existente y se
irracionaliza el mantenerla en los cánones tradicionales.
“Nuestro estado social no deja ver lo que de sí pueden dar las mujeres. Parecen
destinadas exclusivamente a dar a luz y amamantar a los hijos, y este estado de
servidumbre ha destruido en ellas la facultad de las grandes cosas. He aquí por qué no
se ve entre nosotros mujer alguna dotada de virtudes morales: su vida transcurre como
la de las plantas, al cuidado de sus propios maridos. De aquí proviene la miseria que
devora nuestras ciudades porque el número de mujeres es doble que el de hombres y no
pueden procurarse lo necesario para vivir por medio del trabajo”. Averroes61.
De forma recurrente, pues, podemos constatar que, donde hay Ilustración, hay
feminismo. Al menos como pensamiento y discurso: para que se articule como
movimiento social harán falta otras condiciones.
60 Cfr. Celia Amorós (coord.), Actas del seminario permanente “Feminismo e Ilustración” (1988-1992),
Instituto de Investigaciones Feministas de la Universidad Complutense de Madrid, Dirección General de
la Mujer de la Comunidad de Madrid; Celia Amorós, Tiempo de feminismo, Madrid, Cátedra, Colección
Feminismos, 1997; Cristina Molina Petit, Dialéctica feminista de la Ilustración, Barcelona, Anthropos,
1994; Rosa Cobo, Fundamentos del patriarcado moderno. Jean Jaques Rousseau, Cátedra, Colección
Feminismos, 1995; Alicia Puleo, La Ilustración olvidada, Barcelona, Anthropos, 1993; entre otros
trabajos.
61 En “Disertaciones y opúsculos”, Tomo I, pág. 348. En J. L. Martín, Historia de España 3, Alta Edad
Media, Madrid, 1980, p. 78.
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